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Si tengo libertad, ¿por qué me siento prisionero?


Madre Verónica Berzosa, fundadora de Iesu Communio
Encuentro con jóvenes en el X Simposio de San Josemaría, Jaén, 20 de noviembre de 2021
Este texto ha sido preparado para ser impartido de forma oral. 
No responde literalmente a la conferencia pronunciada.

Comienzo con una experiencia de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, carmelita de origen judío, que murió mártir en la cámara de gas del campo de concentración de Auschwitz:

“Mi vida había desembocado en una vivencia que sobrepasó mis fuerzas, que había consumido toda mi energía vital y me había privado de toda capacidad para actuar. El cristianismo me ha liberado de la vida que me había tirado por tierra y, al mismo tiempo, me ha dado la fuerza para retomar, agradecida, la vida de nuevo. Por tanto, puedo hablar en el sentido más profundo de un ‘renacimiento’. Ahora mi vida no me pertenece, me dije a mí misma. Todas mis energías están al servicio del gran acontecimiento”.

Alguien tenía que morir para que yo siguiese viviendo…

Desde vuestra invitación, estaba deseando contaros un hecho que me sucedió hace unos meses y creo que puede ayudarnos en nuestra reflexión. Recibí una llamada, era una joven a quien le acababan de hacer con éxito un trasplante de corazón.

Su corazón extenuado se estaba apagando, se le iba agotando la vida por una enfermedad progresiva y rápida. A sus 24 años, Yara estaba a las puertas de la muerte, en cualquier momento su corazón podía dejar de latir. Aunque el resto de los órganos los tenía sanos, el corazón al palpitar cada vez más lento dejaba circular con dificultad la sangre al resto del cuerpo; y al ritmo lento del corazón también se le iban debilitando y apagando los demás órganos.

Yara era una joven bella, deportista, incluso había logrado más de un triunfo, se comía el mundo, llena de sueños para su vida. Pero llevaba tres años prácticamente sin poder moverse apenas, su corazón se fatigaba con solo dar unos pequeños pasos que la dejaban extenuada, postrada. El punto central y vital de su cuerpo dejaba de bombear vida. Aunque los médicos luchaban por ella, no se podía hacer nada, y le quedaba muy poco tiempo de vida. Solo había una esperanza, casi un milagro… que llegara una llamada urgente del hospital para un trasplante.

Se hizo una cadena de oraciones entre su familia, sus amigos y tantos que se unieron para pedirlo.

Yara deseaba vivir más que nunca, pero le costaba rezar porque, al pedir un corazón para ella, alguien tenía que morir para que ella pudiese seguir viviendo. Eran sentimientos encontrados.

En el límite ya de la extenuación, cuando su mirada también se iba apagando, una llamada del hospital. Detrás del teléfono la voz más que alegre de una doctora que la conocía y que también había rezado esperando este momento: “Alégrate -le dijo-, tenemos un corazón sano para ti. Todo está preparado para el trasplante, un nuevo corazón te espera. Los médicos estamos preparados, el quirófano también. Ha salido ya una ambulancia a buscarte”.

Yara calló y comenzó a llorar. La doctora pensó que lloraba de miedo y emoción y le dijo: “No te preocupes por nada, abandona todo en las manos de Dios y de los médicos”. Pero Yara estaba sobrecogida y con un sentimiento difícil de describir. No podía pensar en sí, solo pensaba en la joven que había muerto: ¿quién era la donante de su nuevo corazón? y ¿cómo podría agradecer este don inesperado a las puertas ya de la muerte?

La donante era una joven algo menor que ella que había muerto en un accidente de coche. Una joven sana, también deportista, de salud perfecta… Había fallecido al impactar dos coches de frente. Y ella misma había firmado ser donante a sus 18 años.

Al acabar la larga operación la enfermera le dijo:

“Todo ha ido bien, tu cuerpo parece que acoge sin problema el nuevo corazón trasplantado. Ahora tienes un Ferrari en tu pecho. Tu corazón enfermo ya no está, ¡estrenas corazón! Ahora, poco a poco, a seguir muy bien las pautas médicas y pronto, recuperada, podrás viajar, caminar, correr, vivir sin miedo con tu nuevo Ferrari”.


“¿Un Ferrari en mí? –exclamó ella–. Hacía tan solo unas horas que daba gracias por haber amanecido un día más. Pero creo que el milagro más grande no ha sido el trasplante, sino la revolución interior que me ha llegado con este corazón donado que ahora late en mí… ¡Qué bueno es el Señor, estoy sobrecogida!… Hace tiempo que estaba enfadada con Él, me rebelaba por tener que morir casi sin haber vivido; sentía que me habían cortado las alas…

Ahora pienso: ¿por qué exigía con lamentos y quejas vivir si todo lo que tenía y tengo lo he recibido?, ¿por qué me apropio hasta de la vida? Mi salud deshecha me dejaba en evidencia que nada me pertenecía, que todo es don. Y ahora… Él me regala otra oportunidad. Me lo ha dado todo tan inmerecidamente…

¿Otra oportunidad? Si soy sincera, es la oportunidad primera para empezar a vivir en verdad, sin olvidar jamás que vivo en virtud de un corazón donado.

Aunque era cristiana, me planteo si llevaba el crucifijo un poco como adorno, bien atado a mi cadena de oro, pero tan solo en mi pecho y no sé si dentro del corazón. Ahora quiero custodiar la fe como un tesoro único.

Creo que esta dolorosa enfermedad era necesaria para volver a tener conciencia de ser criatura, dependiente de Dios; para pronunciar abrazando con todo mi ser el nombre del Señor de la Vida, Jesucristo, como algo verdaderamente mío. Él pacientemente me estaba esperando… El amor que tanto he buscado es Él, soy suya, a Él le pertenece mi vida, es mi Dueño y Señor”.

Escuchamos esto… sobrecoge, da emoción y susto.

Imagino que estaréis sintiendo lo que yo sentía: ¡qué impacto!, ¿cómo podría ahora olvidarse del valor de su vida?

Si me pasara a mí, aunque ni me lo puedo imaginar, estaría feliz, y seguro que también lloraría mucho pensando que alguien tuvo que morir para que yo siguiese viviendo. Y me haría firmes propósitos… “De ahora en adelante viviré para hacer felices a los demás, ya no quiero vivir más en mi egoísmo, en mi micro-mundo, nunca más volveré a desperdiciar el tiempo, a preocuparme por tonterías, a despreciar los verdaderos valores de la vida, seré más agradecida…” Todo esto me diría yo y seguro que vosotros, con más generosidad, aún más…

En la Biblia se dice que la vida del hombre es como “flor del campo que por la mañana brota y por la tarde se marchita”[1]. Es crucial no olvidar y sentir que la vida está acompañada por la memoria de la fragilidad. Sabemos que la puerta de la muerte nunca la podremos cerrar. Pero, ante el miedo a la muerte, casi siempre reaccionamos intentando alejar lo más tarde posible el momento de la muerte. Sabemos que este no es el camino, porque no estamos creados solo para esta vida limitada y corruptible… Tenemos sed de vida eterna. Estamos destinados a entrar en el ‘día sin ocaso’.

Atención… ¡Tú tienes el Corazón de Cristo!

¿Has vivido hoy la Eucaristía?

Cristo en cada Eucaristía llama suavemente a tu puerta: “El que tenga sed de vida que venga a Mí y beba el agua de vida que manará en sus entrañas y que salta hasta la vida eterna”[2].

¿Por qué a veces los cristianos nos olvidamos del mayor de los acontecimientos, que además es un don presente recibido día tras día?

¿Hay mayor milagro?… El corazón mismo de Dios, tu Creador, traspasado a su pequeña criatura. A nuestra pequeña casa viene el Rey de la gloria, quiere habitar en mí.

Cada día eres invitado a recibir el Corazón humano-divino, el único que es eterno, que late siempre al ritmo del amor que no acaba nunca. Un corazón que tiene Sangre incorruptible, vida eterna.

Él quiere tu corazón para darte el Suyo: “Todo lo mío es tuyo”[3], te dice el Señor. “Mi Cuerpo entregado en ti, mi Sangre derramada en ti, mi Espíritu en ti”. Cristo y tú una sola vida.

Mía es su pasión por vivir y amar hasta el extremo, por entregar la vida hasta el fin. Donde hay Eucaristía no hay decaimiento. ¿Cómo podemos decir entonces que no nos sentimos amados… que estamos tristes, que nos sentimos solos?

‘Creer’ no significa simplemente admitir la existencia de Dios, sino acoger su misma Vida en ti, su pensar en ti, su sentir en ti. Quien vive la Pascua, el paso de Cristo cada día en la Eucaristía, quien es visitado por el Amor y se rinde a él apenas puede describir el asombro de su verdadera identidad que le trasciende totalmente: “Solo en Cristo Jesús sé quién soy”.

El apóstol Pablo llegó a afirmar: “Vivo yo, más no soy yo, es Cristo quien vive en mí”[4]. ¿Acaso no es un trasplante lo que tú has recibido? Jesucristo, mi inseparable vivir[5], mi vida para siempre.

¡Qué locura el amor de Dios, qué incomparable ternura y caridad[6]; tengo el corazón de Cristo! Él no nos ha entregado al poder de la muerte: Cuando mi vida tocaba las puertas del abismo, cuando yo no daba nada por mí, Él salió a mi encuentro, estaba muerto y me devolvió la vida… ¡Ha resucitado! y la victoria de nuestro Dios es nuestra victoria.

Solo quien dirige la mirada a Jesús crucificado puede contemplar el precio de su vida y el valor de su libertad: “Me amó y se entregó por mí”[7]. Quien se deja herir por aquel que fue traspasado encuentra la orientación de su libertad, el sentido de su existencia: libres para amar. Él nos liberó entregando la vida libremente, atándose al madero de la cruz. Él ha tomado y cargado sobre sí todas nuestras heridas y, en su cuerpo roto, hemos sido sanados.

Desde ese momento en adelante, ninguna herida, caída, enfermedad, ningún mal, ni siquiera los enemigos que nos acechan por fuera y tampoco los que anidan en nuestro interior, podrán separarnos del amor de Dios… Todo lo podemos en Aquel que nos ha amado hasta el extremo.

La felicidad es la certeza de ser amado y de poder amar. “Solo el amor me lo ha explicado todo”, afirmaba Juan Pablo II. Y el amor está en ti, no fuera de ti.

Si todo está dado, ¿qué paraliza nuestro corazón? ¿Qué poder tienen nuestras losas si Cristo ha resucitado? ¡Ninguno, ninguno!… Que nadie se me agobie pensando en el pasado, en el tiempo perdido… Hoy seguimos siendo radicalmente libres por su Amor sin medida.

Y ¿qué he de hacer?… Dejarte hacer

Alguno estará pensando… y ¿qué tengo que hacer?

¿Qué hace un enfermo para que le trasplanten un corazón?… Dejarse caer en las Manos de Cristo Médico, abrazar el amor y no soltarlo jamás.

No se nos pide hacer nada, sino dejarnos hacer por Él, dejar a Dios ser Dios.

Quizá os preguntéis: Pero… dejarse hacer, ¿no es algo demasiado pasivo?

El amor es lo más activo y vivo que existe. En el amor nunca hay pasividad; dejarse hacer es la respuesta más apasionada, más amorosa de la criatura a su Creador; es permanecer en una libre entrega; es vivir flexible a su querer; es permitirle hacer lo que solo Él, mi Creador y Hacedor, puede hacer en mí.

La obra maestra de Dios eres tú, lo que Él hace en ti. El ‘heroísmo’ demuestra lo que puede hacer el hombre; la santidad manifiesta lo que el amor de Dios puede hacer en ti.

Un pequeño descanso y respiro de oración…

En el siglo II, san Ireneo, discípulo de un discípulo de san Juan, escribía: “No estás acabado, Dios te está haciendo.

No haces tú a Dios, sino que Dios te hace a ti. Puesto que eres obra de Dios, aguarda la mano de tu Creador y Artífice, que todo lo hace en el tiempo oportuno para ti, que eres su criatura amada.

Preséntale, ofrécele tu corazón dócil y maleable, y conserva la imagen con que Él te modeló. Conserva la humedad del Espíritu, no vayas a perder, endurecido, las huellas de sus Dedos. Si desprecias el Arte de sus Manos, si te vuelves ingrato con quien te creó, malograrás su obra y entonces perderás su Arte y su Vida.

Déjate configurar al que te está trabajando. Sus Manos, que crearon tu ser, te ungirán por dentro y por fuera; te embellecerá de tal manera que el propio Rey codiciará tu hermosura.

Crear es propio de la benignidad de Dios, ser creado es lo propio de la naturaleza del hombre. Dios solo sabe hacer bien, y dejarse hacer es el bien del hombre.

Si te dejas hacer por Dios, si le entregas la fe sostenida en Él y la obediencia, te gozarás en su Arte y serás obra maestra de Dios.

Porque la gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es ver a Dios”.

Sed de libertad

Cristo no vence al que no se quiere dejar vencer. Él vence solo por el amor.

“¿Me amas?”, preguntó el Resucitado a Pedro. Hoy te pregunta a ti: ¿me amas?


“Tú lo sabes todo, mi Señor, Tú sabes que te quiero”[8]. No hay amor sin libertad. ¿A quién le gustaría que le dijeran: “te quiero porque debo quererte, te quiero porque es mi obligación y no me queda otro remedio…”? ¿Te gustaría? A Dios tampoco.

La omnipotencia del amor de Dios se detiene ante el umbral de la libertad de nuestro corazón, y el amor no fuerza jamás, no puede ser impuesto. Incluso en las fábulas, por más que la princesa sea encerrada en el palacio y el señor del palacio grite: “¡es mía, solo mía!”, se pone de manifiesto que el amor solo puede nacer de una decisión de libertad. Así nadie es feliz ni hace feliz.

Dios no crea ‘marionetas con hilos invisibles’, como un día me tocó escuchar… Dios está a favor de la libertad del hombre, no es un rival del bien del hombre. Él es la Fuente de la libertad.

El que hizo nuestro corazón sabe bien que nuestra vida no progresa por órdenes o prohibiciones sino por una seducción de amor, por una atracción, por una pasión de amor.

Él no pide nada a los suyos sino la libertad de quedarse o de irse… “¿También vosotros queréis marcharos?”[9], les preguntó a sus discípulos. Él se expone, desarmado, a aceptar también el rechazo.

Así es su Amor. Nada ni nadie podrá atar mi libertad, si yo no quiero. Sin embargo, a Dios podemos ‘atarle las manos’… así lo hicimos en la Pasión[10].

La libertad es un misterio suspendido entre dos libertades, la del hombre y la de Dios; pero, si el hombre le da la espalda, nada impide a la libertad de Dios amarle, sacrificándose a sí mismo.

Dios respeta y defiende nuestra libertad más que nosotros mismos, pero nunca se cansa de proponer al hombre metas más altas para su vida con la novedad, el atractivo y la belleza del evangelio que dinamitaría una vida gris y rutinaria, aburrida.

¿Qué sucede para que el joven de hoy tan preocupado por la libertad sea tan poco libre? Al querer vivir ‘libre de Dios’ se hace esclavo de sí mismo y de sus pasiones sin saber cuál es el camino de la verdadera libertad, sin plantearse con gravedad la vida ni ponderar las elecciones que hace.

La palabra libertad se conjuga con dos preposiciones: ‘de’ y ‘para’. Quiero ser libre de… todo vínculo, desligado de… cualquier compromiso de entrega y fidelidad. Libre de esto, pero… ¿para qué? Eso no es ser libre, es ‘ser liberado de’… todo y de todos para el disfrute máximo, el narcisismo, el hedonismo.

La esclavitud es creer que uno es libre cuando, en realidad, es esclavo de sí mismo y no se da cuenta de que carece de libertad. La peor amenaza para la libertad no es que se pueda perder, sino que se pierda el gusto por ella, que se deje de desear la verdadera libertad.

Sed de amor

¿Qué puede salvarnos si no es el Amor? ¿Qué puede salvarnos de la nada, de la tristeza, de la soledad… sino el Amor? ¡Solo el amor!… “Si no tengo amor, nada soy”[11], ¡sin amor no soy nada!

Si no entendemos la libertad, tampoco entendemos el amor; y una libertad que no ama es una libertad fracasada.

Decimos, ¡y con verdad!, que queremos ser libres, deseamos rabiosamente ser amados, encontrar un amor puro, verdadero, auténtico… Pero ¿qué entendemos por amor?, ¿de dónde esperamos que ‘caiga’?, ¿dónde vamos a apagar nuestra sed más profunda de amar y ser amados?

¿Por qué se hace tan largo el camino del amor? Un día me atreví a preguntarle a mi Esposo: “Si deseo tanto el amor, ¿por qué es tan largo el camino?”. ¿Quién te ha dicho que es largo? No es largo el camino del amor, es lo largo que tú quieres que sea. Si planteas el camino como una conquista de años, un comprar el amor, no llegarás nunca. El amor es un don y es infinita gratuidad, es incondicional y para siempre, pero el amor es ofrecido a tu libertad.

La libertad juega a favor del amor. No es largo el camino del amor si tu libertad quiere abrazarlo.

“Tu sed de amor coincide con tu profunda sed de libertad…”. Me pareció la respuesta más fascinante, como una declaración de amor silenciosa… Se me hacía evidente y estremecedor que el Espíritu Santo era un ‘mendigo’ que en mi interior tocaba a la puerta de mi corazón y quería liberar mi libertad para amar sin límites.

Sentí como si el Señor Jesús me devolviese a mí la pregunta: “Dime tú, ¿por qué, si tienes libertad, te sientes prisionera?”.

Y los ojos del Amado me miraban fijamente y me indicaban el día de hoy… Déjate amar, déjate hacer. Pero yo, como tantas veces, me engaño a mí misma: “Mañana, mañana te amaré, porque estaré dispuesta a hacer más por Ti, te daré más; necesito que madure mi decisión, necesito más amor, más santidad… ¡Como Tú mereces! Mañana, mañana te daré más…”[12].

Pausas, descansillos, olvido de Dios… este es el camino del retraso. Uno mismo pone las condiciones y los requisitos… y sin embargo Él no quiere nada de ti, te quiere a ti.

Ser libre es tener el corazón cautivo, estar preso del amor.

La libertad es una locura de alegría por haber encontrado el tesoro incomparable[13]: Jesucristo, Camino, Verdad y Vida[14]. Entonces florece la libertad y sale lo mejor de uno mismo. Es posible el amor, puedo amar.

¿A dónde vas a calmar tu sed?

Sabemos bien que la sed del hombre no se calma de cualquier manera ni con cualquier cosa. El hombre no solo tiene sed de Dios, es sed de Dios, aunque muchos lo ignoren o incluso lo rechacen. Un náufrago puede morir de sed en medio del océano a pesar de estar rodeado de agua, de un agua salada que no es capaz de calmar su sed sino de agravarla hasta enfermar y morir.

La sed pone de manifiesto el grito del Espíritu en el corazón de la criatura, por eso, el hombre no tiene que tener miedo a su sed, está en él como un bien para que no se conforme con una vida mediocre y se sienta espoleado a vivir acudiendo continuamente a Dios, su Fuente inagotable. La sed de Dios solo la calma Dios.

Me atrevo a afirmar que, a veces, quizá demasiadas, caemos donde no queremos buscando saciar por caminos equivocados el clamor de amor, felicidad, salvación, comunión, plenitud que existe en lo más profundo del hombre. El pecado muchas veces tiene que ver con los deseos más profundos del hombre que quedan insatisfechos. El hombre tantas veces no hace el mal por maldad, sino porque no toma la dirección verdadera de su vida.

Una vez leí que la libertad del hombre de hoy se puede comparar con la imagen de un saltador de pértiga que, en el momento en que tiene que pasar el listón, por arte de magia se bloquea y se queda suspendido en el aire… ¡una libertad atascada! Comienza con un buen impulso, pero a mitad del salto se llena de vértigo y… no quiere volver atrás, pero tampoco arriesga hasta el final; y después llora y se lamenta: “no puedo, no valgo, para mí es demasiado… ¿Debería conformarme?”.

Se trata de decir un ‘sí’ sin mirar atrás y decir un ‘no’ a contentarnos con sobrevivir: ‘ni medio muerto ni medio vivo’… ¡nunca! Con Cristo en mí puedo lo imposible… piensa esta frase: “Puedo lo que Él puede en mí”.

No tengamos miedo de tomar decisiones definitivas, no nos dejemos influir por las voces del mundo que nos pueden hacer tambalear con la idea de que en la vida hay muchas otras posibilidades… y nos insinúan: ¿por qué cerrarse a una?, ¿no será que con una decisión definitiva te juegas la libertad y te atas?

Precisamente sin una decisión definitiva no madura la libertad y te atas con tus propias manos. ¿Te da más miedo entregarte al Amor que correr el riesgo de luego encontrarte triste, abatido, privado de libertad? ¿Acaso no tienes miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida plena, feliz y fecunda?

Puedo asegurarte que tomar decisiones definitivas es la única forma de no destruir tu libertad y avanzar en una vida grande. Quien no se decide por nada seguirá siendo eternamente un adolescente movido como una veleta.

Cada uno de los que estamos aquí tenemos claro que, por encima de todo, no deseamos seguirnos a nosotros mismos sino seguirle a Él. Cristo viene a enriquecer de tal modo que te descubrirás a ti mismo como un don, el tesoro de Dios eres tú.

Deja libre dentro de ti al Espíritu Santo, a la fuerza de lo alto. Aférrate a Jesús, arriésgate a dar este salto hacia lo definitivo y, con él darás a Dios la posibilidad de que pueda tomarte. La vida es un don y vale la pena ser vivida. La vida es apasionante con Cristo, porque es la única aventura humano-divina.

“Si dejas entrar a Dios en tu vida, sueña y te quedarás corto”, seguro que recordáis esta frase que san Josemaría dijo en una tertulia.

Tú has visto, tienes testimonios vivos de que “quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. Él no quita nada, y lo da todo”[15].

Sed de Verdad

Jesús ha mostrado el camino de la libertad. ¿Quién se acuerda de las palabras de Jesús?… “La verdad os hará libres”. En el capítulo 8 de san Juan dice: “Si permanecéis en mi Palabra, conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres”[16]… Amor / verdad / libertad…

El hombre tiene sed de verdad, busca la verdad. Quien la encuentra se apasiona por vivir en la verdad. La pasión por la libertad va a la par con la pasión por la verdad. Si la libertad no se abre a la verdad pierde su rumbo.

El hombre ha levantado una estatua a la libertad como si fuese una diosa, un fin en sí mismo; se exalta la libertad por la libertad, pero ¿haríamos una estatua a la verdad?

Solo en la verdad encuentra descanso el corazón. “Nos has hecho para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”[17]. ¿Quién no se siente atraído por la Verdad, por la Belleza, por la Bondad, por el Bien?

Sabemos bien que la mentira esclaviza y nos va deshaciendo por dentro poco a poco. La mentira ata como una cadena que va sofocando los pensamientos y los sentimientos más hermosos, el amor más puro, los impulsos más verdaderos del corazón. La mentira, el egoísmo arrastran a perder la dignidad, la integridad y a hacer cualquier concesión con tal de mantener sujeto a alguien. Si vivimos de espaldas a la verdad, vivimos contra el amor y así nos destruimos ansiosamente unos a otros.

¡Cuánto se sufre tratando de defender la mentira!, ¿a que sí? Pienso que muchas de nuestras mentiras esconden la intención de conquistar mayor libertad, sin embargo, nos conducen en dirección opuesta, a malograr la libertad.

¡Qué bien conoce el corazón la voz de la verdad! ¿Por qué? Porque siempre es liberadora. Pero la voz que libera, precisamente porque es amor, no es una voz sedante ni que dulcemente anestesie. La voz de la verdad es inconfundible, tierna y potente y, cuando es acogida, trae paz hasta lo más hondo.

Jesús conoce nuestro corazón y a cada uno le pone frente a la verdad de su vivir. Vemos en el evangelio cómo a uno le dice: “reparte lo que te esclaviza”, a otro: “déjate a ti mismo o deja tus redes…” A cada uno le desvela con misericordia entrañable aquello que necesita para ser libre, para vivir una vida feliz y fecunda.

Pero… no basta con discernir, es necesario decisión y valentía para arriesgar por la verdad; sin ‘noes’ firmes a ciertas situaciones, personas, adicciones… no florece el gran ‘sí’ a la verdadera vida.
Pero unos minutos… vamos a contar mentiras

Os quiero contar cómo estaba mi libertad antes de conocer a Cristo y que me llevara a la Iglesia, ¡pobre de mí…! Seguro que recordáis una canción de campamentos que, cuando éramos pequeños, cantábamos a pleno pulmón, y me consta que pasa de generación en generación, como me han dicho mis hermanas más pequeñas:

“Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tra-la-rá, vamos a contar mentiras.

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas tra-la-rá. Vamos a contar mentiras”.

La letra seguía: “Mi abuelo tenía un peral que criaba ricas manzanas, cuando le tirábamos piedras, caían avellanas.

Con el ruido de las nueces salió el amo del peral: ‘chiquillos, no tiréis piedras que no es mío el melonar…’ tra-la-rá.

Ahora que vamos deprisa, vamos a contar verdades tra-la-rá, vamos a contar verdades…”.

No sé a vosotros, pero a mí me ocurría tal cual antes de decidirme por Cristo. Como nada respondía a mi sed rabiosa de vida, de plenitud, de felicidad, nada me daba gusto, nada me cuadraba, entonces percibía la realidad como hostil y por nada me desazonaba.

Mi mentira era tratar de echar la culpa a la realidad, pensando que el problema estaba en lo que me rodeaba, y salía mi rebeldía de llevar la contraria a todo y a todos. Entonces pretendía, por ejemplo, que “corrieran liebres en el mar, que corrieran sardinas por los montes o que cayeran avellanas de los meloneros y saliese enfadado el amo del peral”. Muy bien, y luego qué, ¿feliz? Pues no.

Creo que sabía lo que no quería, pero si me hubiesen preguntado: “¿tú qué crees que te haría feliz y plena?, ¿qué es lo que harías tú?”, no habría sabido contestar, porque me parecía que nada valía la vida entera. Sin Él seguiría siendo un ser insaciable que desea más y siempre más.

Buscamos la felicidad, la libertad, sin saber dónde, como quien busca su tesoro a ciegas, pero sabe, ciertamente, que tiene un tesoro. Yo me decía: “seré feliz cuando…, seré libre cuando…, seré por fin yo cuando…”, y vivía esta vida como si llevara otra vida en la maleta, para mañana.

Así, siempre conseguía ‘chafarme’ el momento presente, lo empequeñecía, como si solo fuera una estación de paso, y mientras, me subía como en una cinta trasportadora del aeropuerto, ¡pasajera en movimiento! ¿Hacia dónde va? Pues no lo sé…, pero seré feliz cuando llegue al destino, todo menos quedarme en esta estación. Pues bien, la mala noticia es que así jamás se llega a ninguna parte. Cómo me costaba abrazar que solo existe el hoy, el aquí y el ahora.

Tantas veces pasamos por la vida a toda velocidad, corriendo alocadamente en búsqueda de distracciones, de experiencias límite. Vamos y venimos llenando la agenda de actividades y citas… ¿quizá para evitar entrar en nosotros mismos y así profundizar en las grandes verdades que requieren tiempo y que no es cómodo preguntarse? Pero… ¿podemos conformarnos con sobrevivir?

Leí en el Papa Benedicto: “Jesús es la estrella polar de tu libertad, sin Él pierdes la orientación, pues sin el conocimiento de la verdad la libertad se desorienta y confunde, y el corazón siente gran soledad”.

Creo firmemente que, sin el encuentro con Cristo Resucitado, la vida no es más que un revoltijo de temores. El hombre que no se encuentra con el Resucitado es para sí mismo un enigma sin resolver, porque no encuentra el sentido de su vida y de su búsqueda.

¡Ah!… pero obviamente en mi camino no está todo hecho… porque, si un instante hoy quitara la mirada del Amado, de nuevo no entendería nada, sin su presencia se pierde el gusto por vivir. Él me recuerda y me revela quién soy: “Tú eres mi hija amada”. Yo sé que, siguiéndote a Ti, Señor, soy cada día más libre.

¡Un rico tan pobre!

El encuentro de Jesús con el joven rico[18] es uno de los pasajes del evangelio en el que veo más reflejado el tema de la libertad.

Es la escena en la que se encuentra Jesús con un joven acomodado que en un primer momento parece sediento de plenitud, pero después se va triste cuando Jesús, mirándolo con amor, le propone seguirle, ser libre.

Dice el evangelio que este joven era rico y notable, uno de los principales del lugar. Este es el único pasaje que conocemos en el que alguien busca a Jesús para preguntarle acerca de la vida eterna…

Busca a Jesús a todo correr. ¿Por qué va con tanta prisa un joven, rico, religioso y que cumplía bien los mandamientos? ¿Qué le oprime y agobia si lo tiene todo? Su carrera le lleva hasta arrojarse a los pies del Maestro, a quien ‘obliga’ a detenerse en su camino.

¡Cuánta gente siempre en torno a Jesús!, ¡cuántas peticiones!, ¡cuántas preguntas!, ¡cuánta curiosidad! Pero hoy el Hijo de Dios está todo entero fijo en uno solo joven, se detiene ante este rico que lo asalta por el camino. ¡Jesús todo suyo!

El joven rico no le había faltado gravemente, sin embargo, nunca quiso pertenecerle. Este joven no se acerca a Cristo con una vida disoluta, no está preso del diablo ni de una enfermedad física, ni de carencia alguna aparente. Que sepamos, tampoco traía experiencias vergonzosas, ni grandes errores cometidos.

Venía con síntomas de infelicidad, de insatisfacción… ¿Será que le pesaba el ‘yo’ que hipnotiza y le llevaba a vivir en una sola clave: ‘yo, conmigo mismo’?

Este joven me recuerda a la imagen de algunos jóvenes de hoy que se dejan conmover un poco por el anhelo de plenitud, pero que ante una propuesta real de vida se aflojan, se cansan antes de empezar el camino con una fatiga imaginaria, como si se dijeran a sí mismos: “¿Para qué tanta radicalidad, tanto sacrificio y entrega?, ¿de qué sirve un deseo de infinito y eternidad si estamos encerrados en un destino con punto final?…”. Y prefieren sofocar su deseo drogándolo con inmediatez efímera y volviendo la espalda al Camino, la Verdad y la Vida.

Nuestro joven rico en el instante en que se aleja de Jesús queda encerrado en tristeza, tratando de ahogar en el corazón todo anhelo de plenitud; se siente abatido, perdido al huir hacia un horizonte sin esperanza. Dios nunca conduce al vértigo del desánimo donde no queda nada salvo decaimiento y tristeza, al contrario, invita a estrecha comunión.

¡Un rico tan pobre! Una pobreza autoengañada: “Tú dices: ‘Soy rico; me he enriquecido; nada me falta’. Y no te das cuenta de que eres un pobre desgraciado, digno de compasión, ciego y desnudo”[19]. Pero la realidad es que cada día está más sediento de plenitud, de vida abundante, de vida verdadera y eterna. Recubierto de ‘seguros de vida’ inimaginables siente intemperie, y la eternidad… tan lejana e inaccesible.

Mirado por un amor sin límites

El evangelista san Marcos nos llama la atención con un dato inolvidable: “le miró con amor”[20].

Aquel joven es tristemente recordado como el ‘joven rico’, pero yo lo llamaría ‘el joven alcanzado por un amor sin límites’, el hombre que fue amado por Jesús, pero que no fue capaz de dejarse amar.

Creo que es el único caso en el evangelio en que alguien que se arrodilla ante Jesús con una súplica supuestamente humilde, se despide triste y abatido, decepcionado incluso y con cierto victimismo: juzgaría que su súplica no había sido escuchada y que no se le ha dado lo que él necesitaba. Pero ¿cómo entendía él la vida eterna?, ¿como una recompensa dada al final de una vida de meritorios esfuerzos?

¿Acaso la tristeza es el don que Jesús quería dejar al joven rico? ¿Acaso es posible un encuentro con el Amor de la vida y quedarse abatido, con peso y tristeza? ¿Cómo es posible que un encuentro con el Señor deje decaimiento y desánimo en el corazón?

Su salvación estaba en esa mirada que le alcanzó. Todo estaba entregado, le miró por dentro y derramó su amor. Venía a colmarlo… Ni siquiera adivinó el tesoro que se le iba con la mirada de Jesús que derramaba luz, amor, ternura indecible. Cuando falta el amor… ¡qué poco se aprecia una mirada! Pero, cuando se está enamorado, ¿hay algo más deseable que la mirada entregada de la persona amada?

¡Ah, si hubiera sabido leer en los ojos de Jesús!

Con las palabras del Maestro: “Véndelo todo y sígueme”[21], le sobrevinieron las nubes oscuras. La reacción inmediata del rico a la llamada de Jesús a dejar todo y estar con Él, fue ofuscarse, ensombrecerse, oscurecerse. La alegría inicial que había llevado al joven a correr al encuentro de Jesús, termina en la tristeza de un corazón que no se dejó elegir, no eligió ser elegido.

Si tomó el camino que él quería, ¿por qué no se fue feliz? Parte triste, aún más triste, y no puede mentir a su corazón. Su tristeza consiste en ‘carecer de Jesús’… ¡Esta es la tristeza de las tristezas, esta es la mayor de las pobrezas!

No estuvo lejos del Reino, pero no tomó la decisión de entrar. Hubiera bastado una sencilla confesión: “Me siento frágil, pero me apoyo en Ti. Antes yo era el héroe de mi vida, quería que me pidieses más y darte más. Ayúdame, soy cobarde. Estoy cansado de ser mío y de verte con mi pequeñez. Aunque te busqué porque me pesaba mi losa, no me siento libre para soltarlo todo, me cuesta renunciar a mis riquezas, me cuesta fiarme…”.

Mientras se alejaba, quizá intentaría tranquilizarse diciendo: “Aunque siga teniendo muchos bienes, intentaré liberarme interiormente un poco más cada día de mi riqueza y así poco a poco me iré acercando a la radicalidad de las palabras del Maestro porque creo que me supera abandonar de golpe todo un pasado”.

Lo imagino sin Jesús con una incurable nostalgia. Aquel joven desapareció de forma anónima sin dejarnos historia. Quizá vivió mucho, seguramente cada día más rico, y más viejo… Aunque le recordemos como el ‘joven rico’, envejecería y moriría, digo yo.

Pienso que trataría de distraerse de ‘aquel día’, pero no lo conseguiría. La mirada de Jesús no es como una ‘instantánea’ que después queda archivada en el recuerdo; la mirada de amor permanece, el amor no pasa nunca y lo acompañará en su peregrinar para siempre. También le invadiría aún más la cobardía, tanto que no se atrevió ni siquiera a decir un ‘no’ de frente… Le dio la espalda y se alejó. No dio ni un solo paso detrás de Jesús, no hizo ni un minuto de experiencia de lo que quiere decir seguir a Cristo. Somos tan libres que en ocasiones podemos decidir contra nuestro destino, contra nuestra libertad.

No se le pedía renunciar sino preferir, preferirle a Él, afirmar el Amor. Para el joven rico seguir a Cristo era caer en pobreza sin darse cuenta de que no perdía nada, sino que abrazaba ‘el Todo’: ¡mi Dios y mi todo![22].

La mirada del Maestro traía promesa de padre, madre, hermanos y mil mundos imposibles de ser conquistados por el hombre, ser heredero del mismo Cristo y ser invadido por la eternidad tan añorada.

El hombre libre no es aquel que está desapegado, desvinculado de todo, sino aquel que, por el contrario, se aferra al único Tesoro, a Cristo.

¡Cómo pudo dejar al Maestro! ¿Qué mal puede hacer una mirada de amor infinito? Amemos al Señor que nos corrige con misericordia, que guía nuestros pasos hacia la luz y la verdad[23]. Él piensa en ti… La corrección es amor, quiere desenmascarar lo que a ti te oprime.

Solo en la intimidad de una mirada que nos desnuda sin avergonzarnos, podremos descubrir lo que verdaderamente nos falta. Nada está oculto a su presencia. Es necesario dejarnos mirar, dejarnos despojar y desestabilizar. Necesitamos vitalmente la luz de la Verdad.

¡Ah, si hubiera sabido leer en los ojos de Jesús! Imagino que algunos de sus días le traerían la memoria de aquellos ojos que le amaron y le prometían un cielo despejado e inmenso, ¿por qué se fijaría solo en las palabras de amor que malentendió como imperativas, como impuestas, y no se quedó clavado en la promesa que escondían? Trató de pasar como camello cargado de riquezas por el ojo diminuto de una aguja[24]. ¡Ay si hubiera pasado por la puerta estrecha que conduce a la inmensidad de Dios!

¡Ay si hubiera descansado como el discípulo amado en el pecho de Jesús!

¿Dejaremos caer la mirada del Maestro en el vacío?

Escribía tan bellamente Von Balthasar: 

“Quien ha sido tocado por esa mirada de amor no puede olvidar lo que se le mostró allí. Tal vez puede hacer como si nada hubiera visto, como si nada hubiera oído… Solo hay una cosa segura: que todo el que sigue la luz de la llamada y permanece fiel a la guía divina será conducido de claridad en claridad, de gozo en gozo”.

A Jesús se le conmovieron las entrañas al verlo alejarse triste

Triste el joven, y más triste Jesús… perdía al joven y lo vio partir con dolor.

Cuando contemplamos este pasaje evangélico, parece como si todo terminara en la tristeza y abatimiento del joven rico. Sin embargo, las palabras de Lucas han quedado imborrables: “Jesús al verlo irse triste…”[25]. ¿Quién piensa en la tristeza, el dolor, los sentimientos de Jesús?

Su sed, la tristeza de Jesús frente al hombre que rechaza la vida se deja oír: “No queréis venir a Mí para tener Vida, vida eterna”[26]. “Me abandonaron a Mí, Fuente de Agua Viva, para excavarse aljibes agrietados que no retienen el agua”[27], ni logran calmar la sed.

¿Por qué rechazas la vida que deseas? ¿Qué más pude hacer por ti? ¿Por qué apartas los ojos de Mí? ¿Por qué te debates y te cierras a mi Palabra? Si he iluminado tu verdad, si lo que se derrumba ante ti es la mentira, ¿por qué te defiendes contra ti mismo? ¿Por qué tienes miedo y no confías? ¿Por qué prefieres la soledad al calor de una mirada?

Quizá… ¿porque albergamos la posibilidad de que nuestra plenitud pueda estar en otra parte, en otras alternativas y no solo en Dios? ¿Creemos que verdaderamente Él valga infinitamente más que todo y que en Él esté la plenitud mayor incluso de lo que dejamos?

Jesús se quedaría todavía mucho más tiempo mirando y esperando. Si el joven rico se hubiera dado la vuelta, seguiría viendo la mirada del Maestro que lo acompañaba y dos brazos extendidos hacia él en forma de cruz que lo sostenían en ese andar cabizbajo, abatido, titubeante, perdido.

El amor no llora ‘su desilusión’ o fracaso por no haber sido correspondido. Jesús solo piensa en el joven, en lo que pierde, en que no disfrutará de la promesa. Su dolor es verlo escapar del amor a un abismo que ni él mismo podría imaginar.

Nos sigue amando también cuando le volvemos la espalda, porque el amor no puede negarse a sí mismo[28].

Jesús llevó el anhelo y la esperanza de ser correspondido hasta la Pasión.

Tras el encuentro con el joven rico, Jesús se dirige decididamente hacia Jerusalén para vivir su Pasión y muerte en cruz. ‘Decididamente’ nos hace vislumbrar la libertad de Cristo, pues sabe que en Jerusalén lo espera la muerte de cruz: “No es voluntad de mi Padre que se pierda ninguno de los que me ha dado”[29].

El Amor tiene forma de cruz. El grito de Jesús en el Calvario, Tsajenà, “Tengo sed”[30], resonará para siempre. Es el grito desgarrador de un Dios Amor abandonado de su criatura que para su sed le ofrece vinagre. Sedienta está la Fuente, así es el amor… La inagotable Fuente tiene sed de tu sed.

Entonces… ¿hay alguna buena noticia en este pasaje del evangelio?

Si la palabra ‘evangelio’ significa ‘buena noticia’, ¿hay alguna buena noticia en esta historia que empezó inmejorable pero no acaba bien?

¿Cuál es la buena noticia detrás de un encuentro con el Maestro que termina en la tragedia de un joven que vuelve a su casa infeliz, triste y abatido? La buena noticia es que siempre somos amados. Somos amados también en los fracasos, en las decisiones erradas, somos amados incluso en nuestra infidelidad. Bastaría volver como el buen ladrón la mirada hacia Él y mendigar salvación: “Señor, Hijo de Dios, ten piedad de mí”, no quiero que mi vida tenga un final triste para mí y más triste para ti.

¡Que jamás se repita la historia del joven rico!

La mirada mansa, serena, pausada del Maestro hoy está sobre ti y te detiene. Acojamos su parón de amor…

En comunión podemos comenzar hoy mismo esta revolución de amor y libertad. Sabemos bien que Jesús es experto en nacimientos y renacimientos, solo Él puede hacernos mirar más allá de nuestros estrechos límites y nos invita a acoger un corazón peregrino, guiado por la libertad del Espíritu.

“Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible permaneciendo en Él”[31]. La invitación de Jesús no se apoya en nuestras capacidades, sino únicamente en la confianza de que Dios mismo nos hace capaces de aquello que nos pide. ¡Todo empieza por y desde esta confianza!… ¡Así por Cristo, con Él y en Él todo se vuelve posible!

Recordaréis el famoso apóstrofe de Nietzsche a los cristianos: “Yo creería en vuestro Dios si tuvierais rostros de personas salvadas. ¡Más alegres tendrían que parecerme los discípulos de tal Redentor!”.

Que esto no nos hiera, no nos enfade, ¡al contrario!… Los que dicen no creer nos recuerdan la grandeza de nuestra llamada, lo que se espera de nosotros, los creyentes: hacer presente el don de la salvación de Dios, testimoniar que Jesucristo es el Rey de reyes, Señor de señores, el Salvador del mundo[32].

Se nos ha confiado irradiar la esperanza que viene de la fe, la revolución del amor, gracias al Espíritu Santo. Nosotros sabemos que “hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos”[33]. “Mirad cómo se aman”, decían de los primeros cristianos.

Queridos jóvenes, pasare lo que pasare, nunca abandonéis la Iglesia, no le deis la espalda jamás.

Decía un cristiano: “Yo amo a esta Iglesia que me ha dado la vida y me hace cristiano. Si por algún mal paso me encontrara mañana fuera de ella, no permanecería ni cinco segundos sin volver a mi seno materno; y aunque tuviera que arrastrarme a gatas, haría cualquier cosa, daría todo para volver a los brazos de mi madre la iglesia”.

Si un día o solo una hora, un instante, vislumbraste una lucecita que te invitaba a dejarlo todo por el amor de Cristo, ¡no cierres los ojos a esa luz!

Que jamás se repita la historia del joven rico…, ¡que jamás se repita!

Gracias a todos y cada uno. Os quedáis en nuestra oración y en el corazón de las hermanas de Iesu Communio. Contamos con vuestra oración.


[1] Cfr. Sal 103, 15; 90, 6
[2] Cfr. Jn 7, 37-38; 4, 14
[3] Lc 15, 31
[4] Ga 2, 20
[5] San Ignacio de Antioquía
[6] Pregón Pascual
[7] Ga 2, 20
[8] Jn 21, 15
[9] Jn 6, 67
[10] Jn 18, 12
[11] 1Cor 13, 2
[12] Cfr. San Agustín
[13] Mt 13, 44
[14] Jn 14, 6
[15] Benedicto XVI
[16] Jn 8, 31-32
[17] San Agustín
[18] Mt 19, 16-26; Mc 10, 17-27; Lc 18, 18-27
[19] Ap 3, 17
[20] Mc 10, 21
[21] Lc 18, 22
[22] San Francisco
[23] Sal 43, 3
[24] Cf. Mt 19, 24; Mc 10, 25; Lc 18, 25
[25] Cf. Lc 18, 23-24
[26] Jn 5, 40
[27] Jr 2, 13
[28] 2Tim 2, 13
[29] Cf. Mt 18, 14; Jn 6, 39
[30] Jn 19, 28
[31] Cf. Mc 10,27
[32] Cf. Ap 17, 14
[33] 1Jn 3, 14